La piratería es algo por lo que todos hemos pasado en algún momento. En plena época de los 8 bits llegué a juntar 300 cintas originales, lo cual atraía a las amistades como moscas. Yo les grababa juegos y ellos me grababan juegos descatalogados o de importación a mi. A lo tonto reuní la monstruosa cifra de 400 cintas, de las cuales 100 eran vírgenes de 90″ con una docena de juegos en sus interior cada una… vamos,que tenía más de 1000 juegos. Me apropié del carrito de la cocina sólo para tener las cintas, era tremendo lo que allí había, y un quebradero de cabeza a la hora de jugar porque elegir uno se hacía difícil. Aún recuerdo el cajetón en el que empaqueté todo al cabo de los años cuando lo vendí por eBay.
Cuando el ZX Spectrum agonizaba, la Microhobby dijo adiós, y los 16 bits tiraban fuerte, se produjo una situación extraña en mi vida. Mis amigos comenzaron a pillarse un Amiga, pero para mi familia eso quedaba muy por encima de las posibilidades. Así es la vida.
Pero como uno llevaba la ilusión dentro, poco a poco me hice mi colección de juegos de Amiga en disquettes a granel marca «nada» (si, se vendían en bolsas como las patatas). Llegué a juntar unos 20-30 juegos, mi selección personal.
La cuestión es que por aquellos tiempos la piratería era un trueque, yo grababa juegos a cambio que me grabaran otros, y como hacía de intermediario me aprovechaba para sacar mi copia por el morro. Así fuí juntando discos, y comencé incluso a vender las copias. Aún recuerdo cuando fuí a casa de un chaval de esos adinerados y le saqué 5000 pts sólo por copiarle juegos.
Entré en el selecto club de la alta piratería, junto con mi amigo Daniel y un chaval llamado Lorenzo que conocí en la famosa tienda de Ofimática. Lorenzo obtenía los juegos piratas de importación, al igual que mi amigo Juán, el primero solía traer arcades y el segundo RPG’s. Dani y yo éramos los «camellos», vendiendo discos a todo Cristo, y así todos nos beneficiábamos.
Saqué listados de juegos, que distribuía sólo a gente de confianza para no pasarme de rosca, y así sacaba pelillas para mis caprichos, partidas en las recreativas, etc. Daniel fué más listo, él juntó para un Amiga.
Lo mejor de la época del Amiga fueron las partidas en grupo y por turnos al Warlords II en casa de mi amigo Juán (nos juntábamos 5 o 6 y la partida se prolongaba por días), pero las sesiones al It Came From The Desert y otros en casa de Daniel no fueron menos. No tenía Amiga, pero si ammigos (la «amiga» vino muuuuucho después).
Luego de esa época llegó la del PC, ya en la universidad, y esa si pude vivirla con mi 486 DX50. En esa ocasión dejé la piratería y me dediqué a programar y a trastear con los módem a 14.000 bps. Pero al comienzo de la era Internet descubrí el tema de los emuladores, y eso trajo tela de buenos momentos. El objetivo era meter en un puñetero disquette de 3 1/2″ lo mejor del MAME, NES, Gameboy, etc. En cuatro discos llevaba diversión por un tubo, cada vez que visitaba a alguien me los llevaba encima para pasar la fiebre (ahora llevo un pendrive cargadito de emuladores y ROMS, soy así).
Quiero hacer énfasis en los disquettes, había una tienda en Jaén que los vendía al peso y te los metía en una bolsa transparente, no es coña. Estaba en la Avenida de Granada, aún recuerdo el sitio, un local muy pequeñito. Veías a la gente con su bolsa de discos cual lleva un kilo de zanahorias. Eran de 720Kb, y recuerdo que si querías usarlos para PC había que hacerles el agujerito con el soldador.
Era graciosísimo ver todos tus discos con su agujerito realizado a base de quemar el plástico.
Bueno, me dejo de rolletes por hoy, para la próxima os contaré los pinitos en la programación y esos extraños seres que conocí que apuntaban a ser los nuevos magnates de la industria del videojuego.